Hoy me río de mí mismo

Hay algo profundamente liberador en poder decirlo, no desde la burla cruel, sino desde la conciencia y la amabilidad hacia quien fuimos, hacia nuestras preocupaciones, miedos y exageraciones. Con los años uno descubre que muchas de las cosas que nos quitaron el sueño hoy apenas nos arrancan una sonrisa. No porque la vida haya sido fácil, sino porque entendimos mejor qué merece nuestro corazón y qué no.

A lo largo de la vida solemos darle demasiada importancia a cosas que, vistas en perspectiva, no eran tan grandes. Por ejemplo, querer agradar a todos. Cuántas decisiones tomamos para no decepcionar, cuántos “sí” dijimos cuando queríamos decir “no”. Con el tiempo descubrimos que aun intentando agradar, alguien se molestará, y aun siendo auténticos, alguien nos criticará. Entonces, ¿para qué vivir en función del aplauso ajeno? Hoy podemos sonreír ante ese viejo intento de ser queridos por todos.

También nos preocupamos demasiado por la opinión ajena: la ropa, el coche, la imagen, el estatus. Antes la pregunta era “¿qué van a pensar de mí?”. Hoy puede ser “¿qué pienso yo de mi vida?”. La opinión de los demás cambia constantemente; tu paz interior no debería hacerlo. Otra carga innecesaria ha sido tomarnos demasiado en serio. Un error parecía el fin del mundo, un tropiezo nos definía. Hoy sabemos que eran parte del aprendizaje. La vida no es un examen perfecto, es un taller, y en un taller es normal mancharse las manos.

Compararnos con otros ha sido otra fuente de peso: carreras, matrimonios, cuerpos, logros. Pero nadie vive tu historia completa. Solo ves el escaparate, no el almacén emocional del otro. Reírnos de nuestras comparaciones pasadas es señal de madurez. Y qué decir de postergar la felicidad: “cuando tenga dinero”, “cuando me jubile”, “cuando mis hijos crezcan”. Mientras tanto la vida pasando. Con los años entendemos que la felicidad no es un destino, es una forma de viajar.

Reírte de ti mismo no es minimizar tu pasado, es honrar tu evolución. Ayuda preguntarte de vez en cuando: ¿esto que me preocupa hoy importará en cinco años?, ¿estoy cargando algo que ya no me pertenece?, ¿vivo para impresionar o para disfrutar?, ¿soy duro conmigo por algo que ya aprendí? La conciencia convierte el peso en ligereza.

Para soltar y vivir más ligero, conviene practicar la autocompasión y hablarte como le hablarías a un buen amigo; relativizar, entendiendo que no todo es urgente, grave o personal; celebrar tu imperfección, porque la perfección es rígida y la imperfección es humana; rodearte de gente que sepa reír, porque la risa compartida sana; y hacer inventario emocional de vez en cuando preguntándote qué ya no quieres cargar y qué puedes perdonarte.

Quien puede reírse de sí mismo ya no necesita demostrar tanto, no vive tan a la defensiva y no teme tanto equivocarse. Es una señal de libertad interior. Algunos recordatorios finales: no dramatices lo que solo requiere paciencia, perdónate más rápido, vive con menos prisa y más presencia, acepta que no controlas todo, y recuerda que todos estamos improvisando un poco en la vida. La vida es demasiado valiosa para vivirla con el ceño fruncido.

Quizá la verdadera madurez no sea volverse más serio, sino aprender a sonreír ante lo que antes nos angustiaba. Tal vez crecer no es acumular certezas, sino soltar pesos. Y quizá el día que puedas mirarte al espejo y decir “hoy me río de mí mismo”, ese día estés viviendo con más libertad que nunca.

Guido Rosas, autor del Libro La Vida que Tú Quieres